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Cuando
era pequeño, quería ser médico. Me apasionaba verlos con su bata blanca,
capaces de solucionar “problemas de verdad”. Los idolatraba, los veía seguros,
sabios, conocedores de trucos que bajo la mirada de un niño se me antojaban
impresionantes. Por suerte, -y digo bien, por suerte-, nací prematuro, a los
seis meses, enfermizo, raquítico, con un peso de escasos 700gr, flaco, pequeño
y frágil. Digo por suerte porque mi hermana Mónica enseguida se dio cuenta que
el deporte y la actividad física podían obrar maravillas en mi cuerpo y en mi
mente y decidió apuntarme a hacer Karate, algo que fue el principio de todo y
que jamás podré agradecerle lo suficiente.